2. Roma



    Lanzarse a las intersecciones del suelo es caer sin poner las manos ante tu cuerpo, porque si puedo creerme tierra me creeré duelo. Las que buscan el detenimiento pueden soñar lejos del ruido aunque su realidad sea imperativa y dolorosa. Lanzarse a la maleza es dudar de la verdad, al igual que mi verdad es la que me dan mis ojos y no la que encuentro escrita bajo los marcos de las puertas o bajo las plantas de mis pies. Mi verdad es una ciudad con torres altas de piedra y hueso colocadas en forma circular que me rodean cuando aparezco; que detonan y después retumbo. Porque si muero espero aguantar. Lo único que le exijo a esta ciudad es que me salve de perecer estrangulada en algún tipo de represalia tardía.
   Hola Roma, soy yo otra vez. Querida piedra quebrada, ¿dónde está la reconciliación? Donde quiera que esperen los buitres espero que esperen también los ángeles. Dile a tus torres que me dejen caminar recto, porque enloquecer siempre es una opción. Ayúdame a perder el sentido de la realidad entre tus parcheados pulmones y tus rojizos despropósitos antes de que me enamore de tu desidia. Tus madres no tienen buen perder, ni buen beber, ni tus padres saben amanecer sin lucrarse del propio sol. Se te da bien extorsionar a los niños que te cuidan, se te da mal quererte sin lesionarte, se te da fatal quererme sin querer algo de mí. Querida ciudad, evítame zorros que atropellar en nocturnas rutas de montaña. Querida Roma, vuelve a mis pies.
   Pelearte con un chorro de lava como de espinas. Ducharte con la cara tapada entre rosales que se adivinan rectos junto a los muslos de una víbora. Puedes fácilmente recordar el sentido de sus calles y tomar café en los cenadores de las afueras. Creo además que lo más bello de sus gentes es su inexistencia; un estremecimiento que se apodera de mis adentros como cada vez que tengo que decirle a alguien que ya no quiero follar más. Querida Roma, te amo tanto como te extraño, y el problema es precisamente ese, que no te extraño en absoluto. Pasaron sobre nuestras cabezas aviones sin alas. Golpe de toalla sobre las sábanas, sangre en el almohadón y una informe masa de carne con un aguijón sobresaliendo de un costado. Y de nuevo, los aviones sobrevolando nuestras cabezas. Se parece a Espartaco, persecutor de madrugadas y cíclopes que se echaban de menos (al menos yo sí lo hacía). Se cansaron pronto sus coletas; deshilachadas y descoloridas, asintieron varias veces hasta que el guarda de seguridad abrió las puertas del parque de atracciones. No me sentía triste, ni enfadada; quizá insegura, con miedo a perder algo que ni siquiera estaba a mi alcance, y yo lo soñaba mío. Soñaba tanto que comencé a despertarme en sueños. Le mandaba mensajes sutiles, pero cargados de trasfondo febril. Ella respondía algunos, pero nunca con respuestas. Insinuaba desazones maquilladas con deseos carnales y sexo sin protección. Me sugería posturas imposibles en las que el techo pasaba a ser el tercer miembro de nuestro acto primero. Me harté de pesadillas con platos de comida fríos y cenas familiares sin postre. Me harté de imaginar cuerpos erectos, vaginas sudando, pieles al filo de un ataque de ansiedad, muslos calientes, labios sellados, y desfiles de lenguas enrolladas como alfombras turcas. Me harté, pero no sé cuándo. Me armé, pero no llegué a atentar contra su descanso. Me limité a mirarla desde lejos, escopeta en mano, desnuda, sentada en el alféizar de la ventana de su dormitorio con vistas al coliseo.