1. Me enamoré de lo cruel



    El canto de cien gorriones resuena en cada uno de los escalones de la morada. Sin duda los minúsculos pajarillos pueden llegar a ser muy molestos, por su violento modo de sujetarse al alféizar, o por su mirada estúpida. Se confunden sus plumajes con las sábanas del camastro del dormitorio principal, donde duermen los ríos más largos de lo normal. En su amor, y muy por encima de sus posibilidades, tiene puesto todo su empuje, además de no estar cuerdo por intentarlo si quiera; además de no estar muerto, carente de pasaporte, por saltar de su alféizar como un gorrión estrellado. Está enamorado y por ello es un necio –enamorado y obseso como cualquier necio– carente de salvación alguna, pues el amor es una llaga sangrante bajo el pellejo de la lengua, ese que se estira cuando voltea sobre sí misma, oculta.
   –Desearía que fuéramos amantes eternos, inmortales como la pasta cruda, desesperados como las luciérnagas moribundas en la niebla –dijo el necio–; daría lo que fuera por abandonar mis ilusiones e inquietudes y ser por tí un fragmento de algo más, de todo lo que tenga que ver contigo.
   –Eres un loco –respondió la noche–; no prefieras ser menos criatura para amar mis cuervos.
    La morada solo habla el idioma del sembrado, que es, indudablemente, el idioma de las semillas de lino dorado; puesto que estas diminutas pepitas pueden comprar la locura de un hombre huraño.