7. Los Diablos



   Hay una barra vertical que parpadea en la pantalla si no escribo. Y si escribo, desaparece. Late al ritmo que lato yo. Y si escribo permanece erecta acoplada a cada palabra que aparece de la nada. Deja de latir, como yo. Si me detengo, me mira. Ahora deja de parpadear. Pero si escribo lento, aparece a intervalos. Se asoma entre las letras y me insta a terminar la frase. Cada frase, hilada con la siguiente. Y continuando junto a un latido paranoide. Hay otra barra vertical algo curvada que me golpea en la cara si no escribo. Una barra gruesa y húmeda. Es una barra alquitranada que parece tener latido propio, casi rítmico, algo similar a las barras de hierro. Sabe Dios que corrieron más rápido que el demonio. En la escena el padre se desangra con un orificio en el estómago tan grande como su rodilla. Cuando vuelven a fijar la vista en la cocina se percatan de que no es el padre, sino la hija. Y no tiene un orificio en el estómago, sino en sus brazos. Se desangra al igual que el padre, que ya no existe. Los aleteos de las moscas entablan conversaciones con párrocos malcriados aficionados a los deportes de riesgo. La escena de la cocina es un Vietnam en el que el olor a napalm se disfraza de intento de suicidio adolescente. Ella estaba a más de ochocientos kilómetros de su familia, azotada por incesantes problemas laborales, y por tanto, económicos, acompañado esto de depresión, inestabilidad emocional, incontables inseguridades, ansiedad, y contrariedades en una prematura relación con un rompecabezas andante. Siempre soñaba con la muerte y el caos, no era de extrañar que tarde o temprano optase por abandonar su pestilente realidad. Cuenta la leyenda que era la hija perdida de una maniática alcohólica y de un artista depravado, y que sus ojos no veían el color de la sangre.
   Abstracciones itinerantes que asemejan ser alucinaciones. A veces son tan reales que llego a entenderlas como verdaderas. Anécdotas que contar en la terraza del bar. La veo a mi lado, no puedo moverme y ella lo sabe. Disimula un estado de muerte y putrefacción mientras yo duermo. Sé que no es real porque tengo ganas de tocarla pero mi subconsciente me lo impide. Siento mármol en mis brazos y cemento en mi cuello. Llevo durmiendo siete años; estoy en coma desde que mi padre golpeó a mi madre. Mis hijas duermen, ya es tarde para ellas. Sofía llega de trabajar y deposita sus llaves en el mueble de la entrada de casa. Ha entrado en la habitación de las niñas, les besa la frente. Otras veces, antes de besar a sus hijas, me besa a mí primero. Me absorbe el alma con sus cánticos. Quiere matar a mis hijas. Ha entrado en la habitación con una pala en la mano. Oigo sus llantos, y de nuevo, no puedo moverme. Descodifico los sonidos que escapan por el pasillo hasta llegar a la cocina. Tiene sangre en las manos, pero yo sigo fumando. No oigo a mis hijas gritar; tampoco las oigo llorar. Desearía apagar mi cigarrillo en su ojo izquierdo, pero la amo. No la puedo matar, aunque haya asesinado a mis hijas, porque la amo. Dios también la ama. Es preciosa. Sofía es la viva imagen del diablo. Es una metáfora inconsciente en la boca de un niño ciego. Es un pico oxidado golpeando el acero rojo de las fraguas de mi abuelo. Sofía es mi sombra. Es la maldad personificada, aunque a veces sueño con sus monstruos. Es una mujer con alas de cuero y pechos duros de cantos romos, sin labios ni cuello. Es una mujer con uñas negras. Es la hija de la muerte, pero vestida de seda. Me enamoré de la hija de la muerte para vivir así próxima a la propia inexistencia. Soportar cenas familiares de llano y peste. Sofía es feliz porque se anticipa a la propia vida. Me hace comprender que la muerte no es más que un estado superior del cuerpo; superior a la propia mente. La involución de la lógica por encima de la evolución de lo absurdo. Mis sentimientos por ella son un cáncer incurable; una atemporalidad parásita y mezquina creada por la naturaleza más ruin, y cuya única razón de ser es condenarme a la autodestrucción. Su falsa compasión y su bondad parapléjica son metástasis pura disfrazada de un mágico individualismo humano. Las ancianas y su ineludible cita con la muerte. La hija de la muerte es el amor de mi vida. La miré a los ojos y la imaginé desnuda. Iñigo luce magnífico esta noche, lleva una gorra azul marino y ropa blanca. Estuvo trabajando en una tienda de ropa, pero dice que quiere vivir en Nueva York. Pienso en mi desazón, pero más aún en marcharme de aquí. Sueño con un cuchillo entre mis manos. Con un desgarro de hombro a muñeca. Sueño con no morirme del todo; con desangrarme basta…, con quedarme a las puertas del cielo.