5. El poderoso puño rosa



   Acabo de despertar en su cama, rota, encandilada por la luz del sol que entra desde la ventana de la cocina hasta su habitación al otro extremo del pasillo. Me pregunta que qué hago despierta; que si es que no puedo dormir. No puedo, y no quiero. Está ahora Borges lanzando piedras contra mi ventana, intentando enamorarme con sus inéditas facetas sobre enigmas conspiratorios, o malinterpretando extraños proyectos en Irlanda en colaboración con tenues emancipadores de la patria. En el otoño miraban caer las hojas de los árboles; suicidándose en colectivo durante largas bajadas pendulares como de plumas de cuervo. También disfrutaban bajo el llanto de las nubes y salpicando las rocas con semen pubescente. De entre todas las imberbes del pueblo él era el único que se afeitaba con navaja puesto que disfrutaba con la rozadura de la hoja sobre su cuello. Sus hermanas le enseñaron a bracear en la bañera a pesar de no tener espacio para ello, sacando todo el agua de la tina e inundando los azulejos del baño en un designio desprevenido sin certificado de autenticidad. Su cumpleaños coincidía con su funeral, y como en casi todas sus vidas, eludía sus responsabilidades bajo el mandato de su criminal padre. Hoy, sin embargo, el cadalso se traslada a las puertas de su casa para así asegurar la eliminación total de sus deseos más inocentes. Erik se llama, y tiene miedo a morir. El domingo ha dejado de ser un día exclusivo para asesinos y bárbaros locales; ahora lo es también para endocrinos y facinerosos de pueblos vecinos, y esto le hace temblar de pavor. Cuando los cuchillos cortan la carne asemejan ser dedos incandescentes derritiendo mantequilla sobre pan de centeno, y los compromisos burocráticos más parecen de ascuas que de acero damasceno. “–El ayuntamiento acabará envuelto en magma. –resuena en sus sentencias más febriles”. Ayer se fue, tomó sus cosas y se puso a navegar. Llevó una camisa, un pantalón vaquero y una canción de Silvana Velasco escrita en un trozo de mantel. También llevó un libro de recetas de cocina que robó a su anciana madre con el fin de lanzarlo por la borda, atado a un bloque de cemento y marcado con una cruz de tiza. El reparto desigual en las tareas domésticas siempre había sido el germen de la brecha machista en su hogar. Los estigmas de los comportamientos sexistas por parte de sus hermanos potenciaron la concomitancia entre los elencos de varones defensores de la filantropía más 
noble y las agresiones sexuales a menores de edad que los noticiarios comarcales adulteraban. Erik no fue la primera persona en regurgitar su almuerzo al leer semejantes porquerías patriarcales propias del medievo más totalitario. Todas sabían que su deseo más póstumo sería ver arder aquel pueblo y a sus gentes, sobre todo a sus hermanos, padres, tíos, y abuelos; en especial a estos últimos por ser cultivadores de la semilla del odio y el desprecio hacia unas iguales cuyos órganos genitales tienen forma de rombo y no de estoque.


   Temo realmente al amor; es una locura. Quizá todo venga aventajado por un deseo inexacto e incorrecto. Por otra parte, la verdad se distorsiona con tan solo mirarla, como el amor. Las bocas no hablan; no lo hacen limpias, sino que siempre son sostenidas por lo que el pensamiento considera sensible, sincero, o incluso romántico. Querer a alguien no es necesario, al igual que no lo es la claridad en la convicción de las intenciones emocionales. La filosofía del amante preso antepuso al mundo el argumento de toda historia de amor que realmente no lo es, y es por ello que confabulamos con vasos vacíos, vasos medio llenos, y vasos rotos sobre un charco de elixir ilógico. Mi madre me enseñó a ser afable y a contemporizar, incluso cuando me halle en tesituras frente a la madre de mi pareja, desnuda, exigiendo sexo fornicario con su nuera en la madrugada de un domingo.
   El dos de agosto de cierto año irrelevante pelearon Dragó y Mendoza frente a mi colegio. Nadie alcanzó a conocer el motivo de la trifulca pero lo cierto es que, a pesar de los fuertes golpes, ninguno de los dos sangraba. Al contrario, su piel parecía rejuvenecer a cada manotazo que chasqueaba en el silencio del mediodía. Cuando terminaron exhaustos, Mendoza sacó de su mochila una caja de aceitunas con forma de laberinto, mientras Dragó se alejaba caminando con una mano sobre el pecho; sobre el corazón. Soy el pájaro en una tormenta, salvo que estos casos rara vez se investigan. Soy el crimen convertido en caja negra; soy la bata guateada de fucsia subido; soy Charo, tras los cristales sucios.
   Cuentan las calles que el Sol padece la peor de las enfermedades, y que su sufrimiento es equiparable a la longitud de los cables de alta tensión que atraviesan los campos junto a las autopistas. Esta enfermedad sin nombre duerme entre los pilares de un trastero junto a una bicicleta elíptica oxidada, aunque no paga el alquiler desde hace meses. Su dolor infinito es de color amarillo anaranjado; de color sangre de tortuga. Tengo miedo al sol, a sus llantos, y a sus listas de la compra. Temo al sol por su lejanía, por su extraña presencia pasiva. Algunas noches se deja adivinar bajo la puerta del trastero un haz de luz que golpea contra mi colchón sin previo aviso, despertándome de forma instantánea y abrasando mis pestañas. Por las mañanas viajo en tren para desplazarme hasta mi pérdida de tiempo favorita y observo ensimismada las olas que dibuja la brisa en el trigo y las lágrimas de fuego que caen del sol, triste y enfermo acompañante de mis días.


   Un paraguas inundado por dentro, y una voz retumbante en el interior del edificio de colores fríos ausentes que me erizan la piel de las axilas. Lo admito, he sucumbido a los deseos de la imponente mancha que me estrangula el cuello cada noche; que me ahoga contra la almohada para hacerme dormir más profundamente. Despierto tan abrumada que lo único que consigue calmar mi sed intelectual es tirarme por la ventana rompiendo cristales y ramas; nubes y aves; quebrantando leyes y duras tardes de agosto. Angosto e infinito pasillo que me lleva hasta el baño, donde cago y me ducho; donde asimilo papeles indecisos frente a un espejo que no hace más que mentirme. Si salgo a la calle es para robarle a los viejos; para quitarles horas de vida mientras acumulo deudas en el infierno. Tuve un sueño hace días, quizá semanas, pero no recuerdo haberme dormido antes de soñarlo, ni seguir en la cama cuando desperté. Recuerdo un mar de hierros y pañuelos usados que cantaban armónicos con un sonido extraño que venía de lejos; parecía el llanto de una sirena anciana.Y fue tan real..., tan real como la vida misma; como rozar mi lengua contra la lumbre y que mi saliva se vuelva ceniza. Despierto; tumbado en el estoico suelo. De nuevo esa voz retumbante en las entrañas del edificio que acaba de acogerme como intruso de su compleja vecindad. No he hablado con nadie, ya que si hablo revelaré que soy humana como el resto. Si estuviera soñando podría cortarme las venas y regalar zumo de arándano a todas aquellas mujeres sufridoras de dolores menstruales; podría nadar en mi propia existencia tan solo con abrir en canal los ríos de color púrpura. Pero si no estoy soñando, y es esta mi perenne realidad, violaré incansable intimidades ajenas; me batiré impúdica en duelo contra puertas blindadas para así penetrar en paños tan rosados como sus azulados labios; los que dudo incluso que hayan llegado a existir.
   Las gotas de agua que descienden en picado desde lo alto del Zaldiaran construyen reflejos perpetuos sobre el mosaico de la tela de lienzo. Escuchábamos el silencio, pero el ruido era demasiado colosal como para dejarnos hablar de otra cosa que no fuera el propio retumbar de mis parpadeos. Recuerdo sus pestañas, su ropa amontonada en una esquina de la habitación, vajillas descuidadas con hambre de tacto, y moléculas ideológicas por toda la alfombra. También recuerdo mi llegada; entrar sin avisar y permanecer a la sombra de las cortinas durante horas, mirándola de cerca, pero sin que ella supiese que yo la estaba observando. Me atrevería a decir que ambos nos mirábamos. Sus ojos callaban. Los míos en cambio, no sabían hacer más que hablar y desnudarse con una mirada estridente que de vez en cuando me hace imaginar montañas en forma de codo cuyas cimas han sido creadas por mosquitos amantes de la carne. Mientras hablamos sus recuerdos y yo, encontramos paredes ciegas cuyos ojos robó un antiguo pastor que abusaba de su propio ganado. Vislumbramos pórticos de corte romántico ilustrados con abochornantes escenas protagonizadas por palomas agitando cuellos repletos de plumas más longevas que mis jornadas laborales en la hostelería del sur. Tenemos el derecho fundamental de cagarnos en los muertos de quien sea. Tenemos millones de pelos erizados como palmeras secas que acarician las pieles con dedos de lija. Me gusta cuidarla, desde la lejanía, siempre. Aunque mi presencia sea incierta, adoro compartir con ella los parones existenciales de nuestro día a día; tomar el café en su terraza ya recogida, o beber del cañero congelado que hace horas dejó de pinchar barril. También me asombra su cercanía, firme e infranqueable, pero sobre todo tierna, como el olor del cloro; un olor que me entra por las puntas de los dedos de mis manos, las cuales no dejo de morder debido a mi ansiedad infumable y que conforman excavaciones arqueológicas alrededor de mis mórbidas uñas. Sin embargo, anoche estuvimos hablando de Shao Li,y de sus amigos, y de su familia, y de sus ojos rasgados con forma de uña, y de sus atípicas vestimentas. Recordé sus serpientes naranjas, y sus curvas no aptas para camiones con remolque. A veces, y solo a veces, imagino que somos dragones enroscados, desnudos y muertos; quietos y tiernos; y que enfadados, nos reventamos por dentro sin hacernos apenas daño. Otras veces le beso la frente, y le pido que siga durmiendo porque todavía es temprano, aunque en realidad esté anocheciendo.
   Casi tan lejos como la Luna. Cuando pego con saliva el papel del cigarro me es inevitable pensar en algunos labios, pero no sé en cuales. Los labios se cierran y quedan pegados. Los míos, sin embargo, quieren estar frente a los de otra persona; cosidos. El problema de las bocas, en cambio, es que no pueden estar pegadas siempre; juntas, nunca. Los viudos de bellos rasgos nórdicos bailaban alrededor de fogatas sin leña mientras las palomas, de nuevo, zarandeaban sus cuellos en busca de migas de pan duro y de trozos de tiza con los que jugar a la rayuela. Recuerdo murallas guardadas por pandillas de italianos de pelo oxigenado, que con los pies descalzos, espachurraban bichos a los que ellos llamaban tiempo. Las numerosas lunas llenas que por aquel entonces iluminaban las calles del basto yermo sureño son ahora pequeños montones de polvo de talco con los que mi abuela calma el picazón de los glúteos de mis primos. Allí estaba, mirándola de nuevo tras la sombra de las cortinas, observando su exhausto rostro. Sus pómulos gritaban de rabia, hartos de cargar con el peso de sus párpados hinchados. Ella no sabe que la observo, ni siquiera yo lo sé con seguridad. La miro en presente, y la observo en pasado. Imagino futuros inciertos donde ella se gira y me invita a sentarme, pero prefiero soñar con catálogos imaginarios en los que pequeños duendes compran de oferta sus recuerdos más íntimos, los cuales me va desvelando poco a poco. El sonido del montacargas hace a los cisnes bailar torpes tangos que cualquier flamenco haría mejor. Al fin y al cabo, adoro dibujar con la yema de mi dedo aleatorias formas en el aire, continuando los contornos de las bragas tiradas sobre el edredón. O colorear con humo de tabaco Winston las motas de polvo que salen disparadas de encima del televisor cada vez que estornudo.