Ekaterimburgo (2020 - ongoing)





1. Varios Prados Oscuros

La ciudad de Ekaterimburgo descansa en un sueño mudo desde el Año Nuevo, pareciendo sus calles un tropel de zarzas secas con las que tropezar si se camina ensimismada. Los edificios permanecen quietos y erectos ante la helada rusa, parpadeantes como lamparitas de noche mal conectadas cuyos reflejos hacen de cada ventana un ojo que asoma por los muros de hormigón. Caminaron las piernas de un niño de pelo casi platino por el asfalto humeante y negro hasta el final de sus días. A pesar de no haber abandonado nunca el distrito donde nació, este niño de cabello cenizo es descendiente directo de las farolas, de los adoquines meados y de las llantas agrietadas. Su belleza pura y su automático amor perturbaron antaño a todas las habitantes de Ekaterimburgo, ciudad de odio y narcolepsia. Se volvieron dementes las gentes más amables; incluso las ancianas de pelo escarchado que habitaban los márgenes de la plaza de mil novecientos cinco. Aquel mediodía perdí la poca cordura que me quedaba al vislumbrar al joven querubín ekaterimburgués levitando ante mis propios ventanales –mas pareciera su fisionomía propia de un ángel y sus brazos dos alargadas ramas cubiertas de plumas diminutas. Permanece grabado en el reverso de mis encías el primer ardor propio del enamoramiento, provocado este por el alado niño de fuego que sobrevuela de cuando en cuando mis jardines ocultos. No sé por qué hoy estuve rememorando detenidamente los inviernos en Ekaterimburgo, sus largas ironías y la cabaña sin puerta de Mario. Estuve divagando por sus clubs nocturnos en busca de pesadillas sin sobresaltos que pudieran acompañarme en las noches más largas, mas no encontré alma alguna capaz de soportar mi vigilia y mucho menos el chasquido de mis salmos. Supe entonces que parte de Mario, o al menos de mi amor por él, residía en el tuétano del pequeño ángel ekaterimburgués y que aquel ángel no era un ángel, sino la encarnación de la primavera, y que sus cabellos teñían de negro las nubes de mi cama. A menudo me rindo ante la crudeza de Dios. Y saben los vientos que escondo bajo mis pies los más pesados yunques para vivir firmemente anclada a mi versión de los hechos, pues si batiese mis inexistentes alas con furia no sería un huracán el peor de los resultados. Saben aquellas que bebieron de mis fuentes que ni las más hirientes heladas han frenado el calor de mis alientos, y que no hay otro mal tal como la oscuridad evidenciándose ante la muerte lenta de una vela.



El canto de cien gorriones resuena en cada uno de los escalones de la morada. Sin duda los minúsculos pajarillos pueden llegar a ser muy molestos, por su violento modo de sujetarse al alféizar, o por su mirada estúpida. Se confunden sus plumajes con las sábanas del camastro del dormitorio principal, donde duermen los ríos más largos de lo normal. En su amor, y muy por encima de sus posibilidades, tiene puesto todo su empuje, además de no estar cuerdo por intentarlo si quiera; además de no estar muerto, carente de pasaporte, por saltar de su alféizar como un gorrión estrellado. Está enamorado y por ello es un necio –enamorado y obseso como cualquier necio– carente de salvación alguna, pues el amor es una llaga sangrante bajo el pellejo de la lengua, ese que se estira cuando voltea sobre sí misma.
–Desearía que fuéramos amantes eternos, inmortales como la pasta cruda, desesperadas como las luciérnagas moribundas en la niebla –dijo el necio–; daría lo que fuera por abandonar mis ilusiones e inquietudes y ser por tí un fragmento de algo más, de todo lo que tenga que ver contigo.
–Eres un loco –respondió la noche–; no prefieras ser menos criatura para amar mis cuervos.
La morada solo habla el idioma del sembrado, que es, indudablemente, el idioma de las semillas de lino dorado; puesto que estas diminutas pepitas pueden comprar la locura de un hombre huraño.

Hay una barra vertical que parpadea en la pantalla si no escribo. Y si escribo, desaparece. Late al ritmo que lato yo. Y si escribo permanece erecta acoplada a cada palabra que aparece de la nada. Deja de latir, como yo. Si me detengo, me mira. Ahora deja de parpadear. Pero si escribo lento, aparece a intervalos. Se asoma entre las letras y me insta a terminar la frase. Cada frase, hilada con la siguiente. Y continuando junto a un latido paranoide. Hay otra barra vertical algo curvada que me golpea en la cara si no escribo. Una barra gruesa y húmeda. Es una barra alquitranada que parece tener latido propio, casi rítmico, algo similar a las barras de hierro. Sabe Dios que corrieron más rápido que el demonio. En la escena el padre se desangra con un orificio en el estómago tan grande como su rodilla. Cuando vuelven a fijar la vista en la cocina se percatan de que no es el padre, sino la hija. Y no tiene un orificio en el estómago, sino en sus brazos. Se desangra al igual que el padre, que ya no existe. Los aleteos de las moscas entablan conversaciones con párrocos malcriados aficionados a los deportes de riesgo. La escena de la cocina es un Vietnam en el que el olor a napalm se disfraza de intento de suicidio adolescente. Ella estaba a más de ochocientos kilómetros de su familia, azotada por incesantes problemas laborales y contrariedades en una prematura relación con un rompecabezas andante. Siempre soñaba con la muerte y el caos, no era de extrañar que tarde o temprano optase por abandonar su pestilente realidad. Cuenta la leyenda que era la hija perdida de una maniática alcohólica y de un artista depravado, y que sus ojos no veían el color de la sangre.

Abstracciones itinerantes que asemejan ser alucinaciones. A veces son tan reales que llego a entenderlas como verdaderas. Anécdotas que contar en la terraza del bar. La veo a mi lado, no puedo moverme y ella lo sabe. Disimula un estado de muerte y putrefacción mientras yo duermo. Sé que no es real porque tengo ganas de tocarla pero mi subconsciente me lo impide. Siento mármol en mis brazos y cemento en mi cuello. Llevo durmiendo siete años; estoy en coma desde que mi padre golpeó a mi madre. Mis hijas duermen, ya es tarde para ellas. Sofía llega de trabajar y deposita sus llaves en el mueble de la entrada de casa. Ha entrado en la habitación de las niñas, les besa la frente. Otras veces, antes de besar a sus hijas, me besa a mí primero. Me absorbe el alma con sus cánticos. Quiere matar a mis hijas. Ha entrado en la habitación con una pala en la mano. Oigo sus llantos, y de nuevo, no puedo moverme. Descodifico los sonidos que escapan por el pasillo hasta llegar a la cocina. Tiene sangre en las manos, pero yo sigo fumando. No oigo a mis hijas gritar; tampoco las oigo llorar. Desearía apagar mi cigarrillo en su ojo izquierdo, pero la amo. No la puedo detener, aunque haya asesinado a mis hijas, porque la amo. Dios también la ama. Es preciosa. Sofía es la viva imagen del diablo. Es una metáfora inconsciente en la boca de un niño ciego. Es un pico oxidado golpeando el acero rojo de las fraguas de mi abuelo. Sofía es mi sombra. Es la maldad personificada, aunque a veces sueño con sus monstruos. Es una mujer con alas de cuero y pechos duros de cantos romos, sin labios ni cuello. Es una mujer con uñas negras. Es la hija de la muerte, pero vestida de seda. Me enamoré de la hija de la muerte para vivir así próxima a la propia inexistencia. Soportar cenas familiares de llano y peste. Sofía es feliz porque se anticipa a la propia vida. Me hace comprender que la muerte no es más que un estado superior del cuerpo; superior a la propia mente. La involución de la lógica por encima de la evolución de lo absurdo. Mis sentimientos por ella son un cáncer incurable; una atemporalidad parásita y mezquina creada por la naturaleza más ruin, y cuya única razón de ser es condenarme a la autodestrucción. Su falsa compasión y su bondad parapléjica son metástasis pura disfrazada de un mágico individualismo humano. Las ancianas y su ineludible cita con la muerte. La hija de la muerte es el amor de mi vida. La miré a los ojos y la imaginé desnuda. Iñigo luce magnífico esta noche, lleva una gorra azul marino y ropa blanca. Estuvo trabajando en una tienda de ropa, y ahora dice que quiere vivir en Nueva York. Pienso en mi desazón, pero más aún en marcharme de aquí. Sueño con un cuchillo entre mis manos. Con un desgarro de hombro a muñeca. Sueño con no morirme del todo, con desangrarme basta; con quedarme a las puertas del cielo.

Review, OD-Magazine, Brussels, 2020