3. Cinco meses de azufre



    No le deseo a nadie la tristeza que siento ahora mismo, pues esta sensación desgarradora me hace odiar incluso lo más bello de la existencia; si es que existe algo bello en el mero hecho de existir. No le deseo a nadie este llanto duradero, ni las noches en vilo, ni mucho menos el deseo de correr un grueso telón negro sobre mis párpados. No puedo si quiera pretender que se me comprenda, pues esta pestilente tristeza mía es provocada por un fuego inagotable sobre los columpios, lejos de mis trajes de doble botón. He recurrido a todo cuanto está a mi alcance para agrietar alguno de los tablones de roble que cubren el cigüeñal de mis muelas; y sin éxito, vuelvo gateando a beber de los senos de una osa de fieltro. No le deseo a nadie el dolor de Leopoldo, quien a sus cuarenta y nueve años permanece encerrado desde el día de su nacimiento en mi pulmón derecho. No lejos de él vive Marian, de treinta y dos años de edad. Ella es pediatra en el centro médico de su pueblo natal; situado a dos centímetros de mi conducto biliar. A sus dos hijas, Eva y Azucena, les gusta la tortilla de vientre blando y el agua templada de manantial. A su marido, Héctor, le gusta la derrota servida en copa estrecha con sorbete de mango y rodaja de lima. Marian, la pediatra, cree que las moscas juegan a hacerle cosquillas en los pies, justo en las bocas que hay entre los dedos. Las palmeras recortan el cielo con su silueta opaca; esta noche visten más negras que nunca. Entre sus afiladas hojas advierto pesadillas repletas de malhumor en las que dos yeguas jóvenes con patas en carne viva me miran sin decir palabra; de fondo resuenan los ladridos de mil perros, y en mis manos una piedra rosada lleva escrito el nombre de la primera persona a la que provoqué el llanto.


   Aquella tarde de invierno ya consumado resultó ser algo más que un saco de horas oportunas en compañía. En el diván del apartamento reposaban nuestras cachas, mientras bebíamos té rojo, y ella cubría mis labios de un tono carmín agudo. Cuando observé mi reflejo en el turbio cristal de su tocador, tan exacto e imparcial, pude notar como un ejército de gotas salinas se abría paso por entre mis párpados. Durante los meses consecutivos afeité mi cabeza cada mañana, descubriendo mi cráneo a una planicie postergada que no me trajo más que infortunios. Lo que para mí fue un gesto de liberación, desobediencia, alienación, y sublimidad, para ciertos alacranes de mi entorno no fue más que una excusa para arrojar su osadía sobre un cuerpo vivo. Sin embargo, mi piel rasurada hizo de sus flechas bolas de papel; resistí su verborrea con el mutismo más antagónico y escapé ilesa hasta las escaleras del cielo. Pero fue allí donde, acorralada por una pareja de cancerberos imberbes, recibí el peor de los castigos: la desconfianza. Encajé sus insultos con fortaleza, mas no pude esquivar sus anillados puños, y caí al suelo envuelta en lágrimas de impotencia que formaban pantanos llenos de nenúfares y veleros de madera de granadillo. Pude alzar la vista a pesar del punzón que sentía entre las costillas, y les vi marchar riendo a carcajadas bajo la luz estroboscópica de una farola de largo cuello. En ese instante invadió mi pensamiento la imagen borrosa de una castigada fotografía que lucía en el comedor de la madre de mi madre, arropada por un marco de madera oscura que colgaba de una gruesa cuerda de yute. Sobre el apolillado papel se apreciaba la figura de un hombre trajeado, rígido, almidonado, y cuyas manos de cera reposaban sobre sus rodillas; lucía sentado en una silla de esparto de respaldo curvo. A pesar de la sorprendente nitidez de la arcaica imagen, el rostro del varón era inapreciable, nebuloso, realmente inexistente. Siempre se afirmó en mi familia que aquel cuerpo sin tez pertenecía a mi bisabuelo materno, y que esa imagen incompleta era la única representación de su presencia. Con los años entendí por qué era tan importante aquella fotografía suspendida en el lóbrego continuo espacio-temporal del comedor de mi abuela: era nimio que tuviera rostro o no; lo único relevante era su propia existencia. De hecho, el cuerpo de la imagen no pertenecía a ningún miembro de mi familia; el retrato había sido encontrado en una finca abandonada por alguno de los primos insurrectos de mi madre. Lo realmente valioso de aquella figura decapitada era la función que cumplía, su valor simbólico y afectivo; su falsa representación de la fisicidad de un hombre del que no quedaba más que un traje y una silla de esparto.


   Su desnudez fallece en el horizonte; ondea firme como el pelaje de un lobo ibérico sumergido en agua salada. Hace horas que marcó la arena con los yunques que constriñen sus tobillos, y aun así, sus pies no han vuelto a acurrucarse en la profundidad de sus pisadas. Hace varios soles que la persona más inestable del continente se desintegra en un océano nervioso –quizá demasiado nervioso– e impide a las morsas esnifar las sales del destierro. La embarcación es escarpada, aunque su labio mayor amenaza con prender fuego al muelle antes de su llegada; antes de advertir a las cinco niñas con traje de baño que nadan bajo el puerto para evitar una carnicería. Su aliento alquitranado recita las cinco lamentaciones como si de una declaración de intenciones se tratase. Tiemblan sus madres ante la presencia del último hijo, detenido ante el demonio; se llamaba Honorato, ladrón, coleccionista de cadáveres emocionales. Honorato consumió su longeva existencia a la sombra de sus propios deseos. Vivió casi doscientos años. Pero algunos de esos años los pasó en una jaula de papel y otros bajo tierra. Las jaulas de papel son realmente horribles; pueden cortar la yema de tus dedos si intentas escapar. Este soñador fiambre tuvo que ser efebo en algún momento del pasado, siempre y cuando fuera un ser nacido sobre la arena, y no bajo ella. Este soñador, este fiambre, estuvo enamorado durante años de Idolina, una diminuta rata que fornicaba con las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de su derruido palacio. Le era inevitable imaginar que yacía junto a Fernando, junto a sus ojos verdes, junto a su hermosa voz rendida, junto a sus corzas esqueléticas; le era inevitable, por supuesto, no hundir su dedo pulgar en el pozo de su ombligo y gemir asonancias descorteses –que no irrespetuosas– en los últimos instantes del ocaso. De ser yo la sufridora de semejante placer, estaría, de no estarlo ya, en una pesadilla.